Nadie se atreve a producir un alboroto en la estrategia. Sin embargo, cuando el liderazgo se desplaza de lo transaccional a lo consciente, se produce un efecto dominó que influye de manera definitiva en el propósito, las virtudes, la innovación y hasta en el gobierno de la organización. Esto no es un simulacro y es muy fácil perderse en el camino:
1. El peligro de la superficialidad
Sin un pensamiento profundo todo queda en la superficie. En la economía de la atención, el detalle es poco y el apuro es mucho, dejando un espacio muy limitado para la resolución de problemas complejos. La mente humana busca naturalmente el camino más corto para procesar los datos que llegan de sus sentidos: manda el corazón con la intuición y el pensamiento crítico se vuelve cada vez más débil.
2. Vencer la burocracia y entender al comprador
La burocracia es el enemigo a vencer. El dinamismo es primordial y el servilismo sobra en un entorno que no permanece estático un solo segundo. No se puede ser tibio ni paternalista en un contexto innovador y tecnológico, aunque la agresividad excesiva sin cultura también resulta peligrosa. Es crucial entender que los compradores no son un simple número: son una mezcla de sentimientos, creencias e impulsos biológicos; son puras neuronas en movimiento.
3. Eliminar los silos que frenan los resultados
Silos, microrreinos, guetos, parcelas, áreas o departamentos son buenos para clasificar personas, pero pésimos para la velocidad de conversión de ideas en resultados. A mayor jerarquía, mayor discriminación. Entre más silos existen, se genera una especialización aislada que no aporta nada al resto de la estructura, haciendo que la organización se quede atrapada en un modelo teórico de desarrollo de actividades principales y de soporte.






